Basura celeste: Unos buenos audífonos






Por Ricardo Solís
Conocí un hombre de teatro a quien le parece imposible admitir que Juan Gabriel sea un buen compositor de música popular, esto es, de canciones no sólo escritas con un aceptable nivel de decencia (gramatical, por lo menos) sino capaces de “quedar” en la memoria de la gente sin que haya necesidad de dar con un por qué o de hallar explicación para el disfrute (que no quiere ni merece tal cosa, dichosamente).
Este actor, director y adaptador de dramas reconoce como autores “genio” a Cuco Sánchez, lo mismo que a José Alfredo Jiménez; sostiene que ellos (como antes Agustín Lara o Gonzalo Curiel, Guty Cárdenas o Lorenzo Barcelata) han salido victoriosos ante la prueba del tiempo, pero en el caso de Juan Gabriel (ni hablar de El Buki) esto no sucede y, según el maduro teatrista, jamás ocurrirá porque su “nivel” –musical, presumo, aunque ignoro en qué se basó para declararlo con tal seguridad– es deleznable.
Ahora, no me sorprende, cuando llegó el turno de que nombrara algún cantante o compositor de su preferencia, los nombres que salieron de su lengua fueron Tom Waits y dos o tres sobrevivientes de la trova en español que, dicho sea de paso, roban aire todavía, aburriendo audiencias. Sospecho nuestras diferencias de opinión (nada graves) no son tanto irreconciliables como producto de una brecha generacional no muy extensa, pero sí determinante.
De hecho, me asombra menos que este émulo de Julio Castillo quiera referirse al reconocimiento que hoy día prodigan jóvenes (sin necesidades económicas) a bandas como Los Terrícolas o Los Yonics como un “error histórico” y, ya entrado en cervezas, se ponga a vociferar en cualquier tasca (que haga las veces de escenario) que a las mayorías las distingue su “mal gusto”, algo que impedirá por siempre su acceso a las mieles de la sofisticación.
Yo creo que no hay motivo para dar tanto brinco inútil en suelo llano. Mi estimado heredero de David Mamet puede, después de todo, escuchar y ponderar lo que le venga en gana. La flojera es chutarse el discurso completo cuando se le topa en la cantina o el café de costumbre (donde suele medrar fuera de temporada). Con todo, no quito ni pongo razón en sus juicios; primero, porque no me disgusta lo que él juzga como “lo bueno”, y segundo, porque tampoco aborrezco a quienes desprecia. Me parece que se pierde mucho tiempo en esos menjurjes cuando se tiene la posibilidad de irse de un lugar equis, cambiar de estación de radio o canal de TV, elegir un playlist en Spotify o de plano apagar la computadora (o el teléfono celular).
Perderse o no de alguna pretendida joya musical no tiene por qué afectar a nadie, pasa todos los días y nadie muere por ello. Si cada parroquia tendrá inevitablemente su fiesta ¿qué nos impide dejar de importunar a los demás con pontificaciones insostenibles? La felicidad, decía mi abuelo, es cosa simple. Y es cierto. Más vale invertir en unos buenos audífonos.
Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Realizó estudios de Derecho y Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha colaborado en distintos medios locales y nacionales. Ganador de diferentes premios nacionales de poesía y autor de algunos poemarios. Fue reportero de la sección Cultura para La Jornada Jalisco y El Informador. Actualmente trabaja para el gobierno municipal de Zapopan.





